Blog de Rodrigo Valencia

WELLCOME...GONE THINK YOUR BRAINS WATCH YOUR EYE

jueves, 27 de noviembre de 2008

El último abrazo



La triste historia de un depredador.

La distancia era la adecuada, podría sentir el peculiar ritmo de la señora al caminar. Conciente de todo, de sus tacones golpeando el piso de la acera, del paraguas a su costado. A medida que menguaba la distancia se conformaba su perfil, sus facciones. Vertiginosamente caían las capas tan arduamente construidas en su retiro. Sentía también a los otros, sus presencias; revestidas por las invisibles capas que sólo él veía. Una vez más llegó el momento final.

Ahora sus brazos aprestaron a completar la maniobra. La señora que iba a misa a esa hora de la mañana paró en seco y vió a aquel individuo levantando los brazos con ademán de agarrarla. el Paraguas se situó entonces entre los dos, rompiendo el espacio, la punta, protegida A dios gracias por una cápsula de plástico, golpeó la mejilla del asaltante cerca de la comisura de los labios forzando la boca en una sonrisa grotesca.

!Animal, Auxilio! gritó la señora, escapando por un lado. Otro fracaso. Siempre surge algo. !Maldito paraguas! Volteó pegado a los muros de ladrillo de la catedral y se asimiló a la muchedumbre del parque.

Los sonidos, las voces, los ruidos lo llevaron sin remedio otra vez a su fatídico retiro. Aquella individualidad tan preciada, lo sofocaba ahora. Pensó mientras se sentaba en un rincón del parque qué había ganado con su individualidad. Un estado largamente construido por sí mismo. Allí, después de aquel contacto final, de aquel abrazo de despedida había elaborado sus caminos que conducían a sus preciadas pertenencias. Inexorablemente había caminado más y más hacia adentro.

Tantas maravillas escondidas y secretos hasta que se dió cuenta del fatal error. Aquel abrazo de despedida fue la distante puerta perdida ahora. Podría recordar claramente la suave pero contundente curvatura del cuerpo humano, cercano y perdido despidiéndose y aún aquella leve sonrisa sardónica.

Ahora condenado a buscar esa puerta asaltaba a las personas en busca desesperada de aquel abrazo que lo comunicara de nuevo con la sociedad, liberándolo de aquella individualidad. Al principio buscaba indiscriminadamente entre las gentes, intentó abrazar al policía imbuido tal vez por el sentimiento de agradecimiento por la protección que daba a su individualidad pero desistió afortunadamente al percibir que mientras él levantaba los brazos el policía dirigía su mano amenazante al bolillo. O los intentos de abrazar al estudiante desprevenido y tratar de tocar la subyacente humanidad ansiosa de saber para solo encontrar la mirada huidiza y confundida de aquel que sólo comienza el camino. O al vendedor que ofrece la indestructible comunicación de oferta y demanda. Al mendigo inalcanzable por su miedo y su olor.

Cada abrazo fallido era un camino fallido hacia la puerta, se rompía su íntima convicción de que el abrazo era la suprema solución más valiosa que las palabras, los hechos, el final acto simbólico. Y ahora se veía reducido a un extraño depredador buscando, buscando un nimio gesto de alguien que dejara abierta la puerta hacia su humanidad. Algunas esperanzas en el futuro animaban a aquel personaje rodeado de tan densa soledad. Las fiestas de diciembre propiciaban abrazadores susceptibles de confundirse entre aquellos que despedía el año o celebraban la navidad. Pero ahora debía conformarse con el único consuelo que consiguió a las afueras del pueblo donde se le pudo ver pegado desesperadamente al único ser al que pudo acercarse, un magnífico tronco de árbol.

1 comentario:

M. Gallinazo dijo...

hola, rodri. por aqui reportando sintonía. desde que el árbol no tenga espinas, es mejor abrazar árboles que mujeres. todas las mujeres tienen espinas, pero son invisibles.