Al levantar la mano en busca del control, anticipé con fricción las hermosísimas en inteligentes mujeres, hombres simpáticos, adelantos científicos, etc. que iba a ver en la televisión. Un fogonazo. Oscuridad. El cordón de la pesada plancha se enredó en mi mano, la arrastró desde la repisa y golpeó mi frente con fuerza. Un feo chichón.
Conteniendo el dolor y con el control en la mano no iba, sin embargo, a renunciar a ver la TV. Un placer largamente cultivado durante horas frente al aparato.
La telenovela estaba en su furor. Primer plano de la protagonista que justo en ese momento desviaba la mirada abobada, veía seguramente los asistentes de la producción, los cables y las cámaras. Primer plano del interlocutor: pero un poco al costado enfocando su oreja (empieza un ardorcillo en el chichón).
Ella olvidándose sin reparo, del hecho de hablar estúpidamente frente a esta parafernalia de cámaras, habla casi gritando con un tonito inseguro (el ardor aumenta) Otro primer plano: Otros gritos con tonito.
(…) Las dos presentadores tenían idénticas sonrisa con el peligro obvio de acortarlas o prolongarlas demasiado y así caer en el desagrado del televidente, tal vez por eso procuraban balancear la situación con sus tremendos escotes. Salían y entraban al ridículo (un ardor creciente) Cuando sus discursos nos contaban historias tan trascendentales y reales como rascarse una nalga.
El ardor en el chichón se convirtió en palpitaciones lacerantes. Con agonía mi dedo se movió y cambié de canal. La lluvia blanca del canal vació su señal me recuperó un poco, con el rabillo de ojo ví la luz blanca como leche entrando del exterior, cantos de pájaros.
Ochentas cámaras enfocaban un balón en un estadio europeo se sentía una expectación inmensa, algo así como si fuese a suceder otro Big Bang. Gritos desde las tribunas, celebraban los acercamientos del balón al arco que custodiaba un tipo con aspecto simiesco con grandes guantes tratando de tapar la portería. Y sucedió el gran Big Bang, el tipo con guantes salió de la portería con la derrota en las manos. Poca cosa. La multitud a este lado y al otro de la TV se condensaba en emociones avergonzada en el fondo por jugar a esperar algo importante mientras que se preparaban para otro Big Bang.
Cuando el balón transita incesantemente entre los jugadores y luego sale por un costado me sobrecoge una gran pereza de ir por el y me doy cuenta que hace rato estoy soportando una ardorcillo en el chichón.
Mi dedo se mueve otra vez. Un canal de televisión aprisiona la naturaleza en paisajes cerrados y animales que casi posan para la cámara. Es la naturaleza en porciones hasta la próxima propaganda. Mi dedo vuelve a moverse: recetas de cocina, noticias de la farándula, presentadores hablando a favor del gobierno…
Tengo que salir a la calle…
Al salir el dolor disminuyó como por encanto, el cielo azul y blanco es como un bálsamo. Toco suavemente el chichón, casi no duele y me olvido por un momento.
Al terminar el día y después de sentir solo suaves ardores en la frente especialmente cuando paso por lugares donde tienen encendido la TV aunque extrañamente siento unas pulsadas al pasar por una heladería donde suena el Reggeaton. Regreso a casa.
Sé entonces que debo dilucidar que debo hacer. Si enciendo la Televisión el ardor insoportable no me lo permitiría. Al hacer estas cavilaciones toco mi frente sin pensarlo. El Chichón ha desaparecido.
Tomo el control, me alegro al reconocer a la protagonista de la novela como mira pensativa e inteligentemente como habla, que magnífica novela; que magnífico partido y que golazo; y estos documentales sobre la naturaleza: Qué animales tan simpáticos, que manejo de cámaras.
Finalmente mi pecho se expande de júbilo y alegría al tener al frente más de 100 canales y miles de propagandas y comerciales que me aconsejan lo que debo comprar aunque no tenga plata. Del chichón ni rastros pero extrañamente un hilito de baba se me escurre continuamente por la boca.
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