Blog de Rodrigo Valencia

WELLCOME...GONE THINK YOUR BRAINS WATCH YOUR EYE

sábado, 10 de mayo de 2008

DE INSPECTORES, JUECES, ESTADIGRAFOS Y OTROS DEMONIOS

Nos esperan a la vera de los caminos, en los vericuetos de los discursos prontos a saltarnos, a cobrar el pequeño espacio de duda para pronunciar sus sentencias. Algunos son diablillos menores que aunque bienintencionados nos ponen zancadilla mandándonos al terreno de la estupefacción mezclada eso si con un poquito de vergüenza. Como aquellos inspectores que después de hacer un misterioso curso de materias a medio camino entre la moralidad y la perversión psicótica salvarguardan la pureza del ojo público frente a una eventual exhibición chocante. ¡Súbase la bragueta! Nos espeta certero el inspector de braguetas que andaba por ahí cuando tuvimos el fatal descuido. O bien la inspectora – de buena conservación de – la sopa – que después de hacer un ponderado análisis químico ambiental proyectado a un futuro en el cual los gérmenes de la descomposición de los alimentos interactuando con nuestras moléculas concluye: ¡No me toque la sopa que la vinagra!
O aún que aquel que somos nosotros mismos sentenciando: ¡Yo si soy bobo! Que inaugura ahí mismo un frenético círculo vicioso. Si me doy cuenta que soy bobo no soy tan bobo; sin embargo sigo creyendo que soy bobo. Sin embargo me doy cuenta que soy bobo y no soy tan bobo. Pero sigo creyendo que soy bobo… Y así hasta el infinito.
Numerosos inspectores nos esperan, nos cogen del cuello, nos ponen frente a la pared… Bueno!, figuradamente.
El inspector del clima auscultando sereno la conformación de la nube y el viento: “¡Van a caer hasta maridos!”
Si usted escapa a la admonición de los inspectores no podrá escapar a la de los jueces. Están los jueces superlativos, aquellos que tienen los preciosos datos que los impelen a sentenciar por ejemplo. “Es el restaurante más exclusivo”. Implica una ardua tarea de visitar todos los restaurante candidatos con diversos disfraces: de mendigo, de banquero, de marihuanero, de artista, de campesino y chulear a cada uno con un número que indica el menor número de golpes que los porteros le propinan al intrépido juez de tal dictamen.
“El Municipio más pacífico”. Fué un dato particularmente difícil encontrar pues requirió ir a cada municipio del área y mentarle la madre a cada parroquiano en el parque y luego contar la menor cantidad de golpes que recibían y así vaticinar al ganador. Varios jueces no regresaron a contar el cuento. Respecto a “Lo más importante es…” de un juez vestido de cortos para jugar fútbol viene de una clasificación filosófica-futbolística que permite patear a un lado las aristas no pertinentes del asunto y sentenciar con sentido altruista esta tan sudada conclusión.
Hay también afortunados estadígrafos que nos dicen datos obtenidos de primerísimas encuestas que nos cuentan de “el 87% de los colombianos son felices”, claro que tal encuesta a 3 o 4 persona que seguramente departían alegremente con los encuestadores.
Son pues éstos jueces, inspectores y estadígrafos que nos van seguramente a detener mañana para hacernos escuchar sus sentencias.


UN PERSONAJE SECUNDARIO CUENTO


Mi mirada sube por los troncos de las palmeras buscando una vía de escape, el cielo azul y blanco como el resultado de un lance de dados surgidos desde las palmas abiertas es interrumpido por la estructura de ladrillos de la Iglesia. Sé de antemano que he perdido, que es una ilusión aquella bóveda; aún sin esperar al término del trazo del solitario gallinazo sé de la naturaleza cambiante del techo que va de montaña a montaña. Su conformación me cuenta de tiempos que se arrinconan alrededor de la torre: tardes, mañanas y noches han pasado. Pero es inútil. Si pudiera dejar una marca antes de ser impulsado de nuevo hacia abajo tal vez alguien podrá algún día interpretar el azul del cielo como una puerta.
Estoy entonces a ras del suelo, ahora sí la fuerza se hace más determinante aunque trate inútilmente de buscar salidas las gentes recorren sus pasos, sigo las huellas de amores y rencores, algunos se van buscando el mar, otros regresan al hogar pero me esta vedado saberlo porque ese es mi destino. Tan claro y definitivo como el suelo que recorre. Busco los ojos de la gente y en fugaces duelos pierdo por milésima vez. No sin antes visualizar palabras, mensajes, acertijos, pero no aquella palabra que necesito y que me define y súbitamente una puerta: la mirada de un niño, como un abismo esperanzador la guardo en mi memoria. ¿Alguien podrá algún día sondearlo?
¿Cuál será esta palabra que busco? No es la del hombre con sombrero afianzado tan verdaderamente en el parque con sus tardes, noches, marcado por el reloj y penetrado en la tierra como raíces, ni encuentro la palabra que busco al lado y lado de la calle, con sus puertas abiertas a negocios y lugares. Ahora la fuerza me impele hacia arriba, la carnicería, el banco. Soy llevado por una sustancia viscosa y densa que me lleva hacia arriba sin remedio. Me detengo un momento a descansar bajo los anacrónicos aleros de las casas viejas, altísimos y allí desempolvo viejos recuerdos melancólicos de tiempos idos, alguna alma escapada del cementerios desanda sus pasos y se refugia en la sombra de los aleros y por primera vez preveo el fin del camino, quizás la palabra que busco es: MUERTE, quizás solo soy un alma en pena deshaciendo sus pasos pronta a retornar a la estrecha frialdad de la tumba. Pero no, aún no. La fuerza me impele hacia arriba dejando de lado al cementerio y luego finalmente al terminar la loma sé cual es mi destino. Las escaleras de la biblioteca. Entro y recibo como una tabla de salvación el saludo vigoroso de mis amigos y sé por qué uno me dice lo extraño que es verme entrar ahora si ya lo había hecho antes. Un hombre frente a un computador, es allí donde converge todo, es allí donde acaba la fuerza, como moscas alrededor mis caminos acaban allí. Miro por encima del hombro y leo “Mi mirada sube por los troncos de las palmeras buscando una vía de escape…” y sé que en alguna parte de este texto esta la palabra que busco, sé que también que cuando lo encuentre todo habrá terminado para mí y comprendo claramente lo que soy: Un enviado, un sondeador, a la memoria de este hombre que busca en sus recuerdos escapar a la palabra que no se define aún y que es mi destino y aún éstas solo son un añadido a mi existencia. El texto va a terminar y yo, personaje secundario, vivo y muero solamente en el pequeño ademán del dedo meñique izquierdo del hombre cuando se posa finalmente en el última letra, en el última A de la palabra que por fin nos define: TRISTEZA

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