La frase ya agresiva fue la mecha para desencadenar lo ocurrido.
Tres hombres crisparon sus manos y tensionaron sus gestos recorriendo el atávico camino de la violencia.
La figura de aquel pordiosero encubierta por la penumbra al lado de la iglesia invitaba, convocaba, a descubrir su rostro cubierto por una capucha de aquellas utilizadas más para adorno que para cubrirse de la lluvia.
El hombre no se movió y aquellos hombres atizados por el licor con frases como látigos animándose a sí mismos, marcando su territorio.
En un instante, solo la sonrisa y los ojos del pordiosero aparecieron. Después los destellos del metal y la muerte insensata esperando.
Súbitamente las palabras sonaron claras y contundentes, desde aquella boca y desde aquellos ojos. Y entonces el sentido de éstas apareció evidente, como un muro, como una roca eterna. Luego la risa incontenible, la única solución posible a la incongruencia de la situación. Al oírlas, los hombres distensionaron sus gestos y palabras en seco.
Aquello que el mendigo dijo, caló en los profundo y desde allí, surgió la risa, era una risa incontenible, los tres hombres se miraron entre sí y luego al pordiosero. El odio, la violencia cesó, solo el deseo del reír. En sus miradas se reconocieron y más aumentaba la risa, ahora el pordiosero se mueve, se retira, sus ojos invitan a reír, a reír.