Blog de Rodrigo Valencia

WELLCOME...GONE THINK YOUR BRAINS WATCH YOUR EYE

domingo, 9 de marzo de 2008

LO ÚLTIMO QUE SE PIERDE




  • “Se ha detectado la colisión de galaxias posiblemente causadas por un hoyo negro. Estas se aniquilaron expulsando chorros de materias al universo circundante”. NASA, diciembre de 2007
  • “El PAPA Benedicto XVI publica este diciembre las reflexiones respecto a la trascendentalidad de esta virtud tan necesaria en el mundo moderno” Roma, diciembre 20 de 2007.

Muchas criaturas viven en las memorias de los hombres, pugnan para saltar al frente, esbozar sus gestos de tristeza, pavor, alegría. Pero siempre se desvanecen como sombras. Excepto el Apagador. Este había saltado adelante y me estaba esperando.

Hace poco creía verlo atrás de mí, como esa presencia siniestra que todos adivinamos y que casi vemos al voltear la cabeza, veía su ademán y su sonrisa malévola. Pero lo más evidente fueron sus pasos apagando estancias para siempre. A cada paso se perdían las imágenes, las caras, los recuerdos más queridos.

Creí entonces que sería como aquellas otras criaturas que había alimentado mis memorias, que morirían al transcurrir imperceptible del tiempo y que su amenaza sería poco más que un vacío aleteo de un insecto perdido. Pero desde ayer su presencia era tan evidente que lo veía en cada recodo del pueblo, tomando tinto, tomando aguardiente, montando en moto, agazapado en la sombra. Fue cuando casi me tocó. Había caminado hacia las afueras. Las calles se habían vuelto caminos. Avanzaba por el lomo verde de la manga sintiendo la creciente soledad ante la inmensa lucha del cielo y la tierra. El sol y el verde y el blanco de las nubes. Como un mar salpicado de montañas enormes, olas. Buscaba con ahínco algo en el paisaje sin saber qué era. Entonces sentí su presencia. Ví la aniquilación de las galaxias, en un momento tan inmensamente pequeño como vasta su grandiosidad. Era el propósito del Apagador de universos.

Apagar, aniquilar, destruir. Quizá era una especie de equilibrio. Desvaneciendo lo superfluo, lo que no tiene sentido, lo que no tiene futuro. No lo supe ni lo sabría. Pero el Apagador estaba allí. Voltee la cabeza…¿? Creí ver una mano que así se posaba en mi hombro. Angustia, miedo, soledad, frío. Cuando su mano me tocara suavemente el apagador apagaría mi última estancia. Y supe entonces qué estaba buscando.

Una pequeña estancia se iluminó con una luz verde. Dudé si dirigirme hacia allí, pero el apagador inició su camino hacia mí.

Desde entonces mi búsqueda es desesperada. Me refugio en las estancias que apenas vislumbro. Es muy difícil encontrarlas. La navidad ha llegado y por esta época es fácil engañarse. Sé que me quedan pocas y el Apagador me espera.

Anoche supe que hay una única sustancia en el universo contra la que no puede el apagador.

Vi como éste se retrocedía ante el campesino con el fardo que iba hacia el parque, ante los villancicos que se oían casualmente en los radios. Lo supe porque su presencia se debilitaba.

Hoy, cuando salgo a la contundente luz del día, se presencia es más definitiva. Es como si fuese a dar el paso final. Camino apresurado en busca de la sustancia. El apagador me sigue y se hace más fuerte y apaga todo a su paso. Las motos que vienen y van al pasarme se apagan. Detrás de mí va quedando un silencio ominoso y un poco reconfortante. Oigo a alguien gritar que se fue la luz. No podrán ver las novelas y noticieros (un poco reconfortante también).

Las palomas que giran incesantemente cerca al parque detienen su vuelo. Signo inconfundible de que el Apagador de universos está en el pueblo.

No me quedan estancias. La última es la oficina de la alcaldía. Allí tal vez se iluminará con la preciosa sustancia.

Entro y salgo aterrado. La última estancia no se iluminará porque el doctor no está. No puede atenderme como siempre. El apagador lo sabe y pone el pocillo de café con calma sobre la mesita de El Kiosco y se levanta. Con paso seguro se dirige hacia mí, apagando el cigarrillo y todo el parque. Pasa el puesto de veladoras y todo queda en silencio, la música del kiosco, aún las voces de la gente se menguan.

Subo las escaleras, llego al templo.

Hileras de veladoras prendidas piden con débil luz los deseos de los fieles.

Estoy aterrado. Sé que es el tiempo final. Me siento al lado de una señora que reza. Oigo pasos. Es el apagador. Se acerca. Apaga la primera hilera de veladoras fácilmente. Se consumen los deseos. El de ganarse un chance, el de conseguir novia, el de conseguir trabajo. Una a una las veladoras se apagan cuando el apagador se acerca. Quedan pocas.

Siento su presencia como antes en las afueras y sé que es mi fin. Mi última estancia se apagará y el apagador me tocara suavemente el hombro con su mano y allí acabará todo para mí o quizá no sólo para mí, porque el silencio que el apagador va dejando atrás no es sólo mío.

Última hilera. Conseguir plata, que Nacional gane la copa, pagar los servicios. Todas las veladoras apagadas, excepto una. La señora a mi lado reza por su hijo que ha desaparecido. Puedo sentir claramente el intento del apagador de universos por apagar este universo. Algún día verá de nuevo a su hijo. La veladora resiste. El apagador desiste, retrotrae sus pasos.

La señora reza. Se oye un villancico. Creo ver una figura saliendo de la iglesia.

Salgo al parque. Súbitamente retorna la energía. Canta Vicente Fernández en el bar de la esquina. Cuando regreso a casa veo que las palomas están volando de nuevo en círculos. ¿Con qué fin?

Veinte, treinta motos se apiñan en los talleres. Súbitamente se han apagado, pero no por mucho tiempo.

Reanudo mi desesperada búsqueda de la única sustancia que para el Apagador de Universos… Aquella que me permite iluminar unas cuantas estancias más… de aquellas que visualiza el campesino, que espera vender sus productos haciendo más ligero su fardo, aquellas de las que unan los villancicos, aquella que me es tan oscura, pero tan indispensable… LA ESPERANZA.}

Un cuento publicado en El Balcon

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