Por M. H.
Nos cansamos de verlo leyendo en la biblioteca de Comfama, en Girardota, desde altas horas de la mañana. Lo recuerdo de hace muchos años, puesto que no sé a qué visitaba yo también tanto la misma biblioteca, que fue, de alguna manera, la única del pueblo por muchos años.
Por supuesto, me escandalizaba la manera que tenía este hombre de estar sentado leyendo. Una y otra vez lo encontré con los ojos puestos sobre en un libro.
¿Qué tanto podía estar leyendo todo el día este hombre?
Con el tiempo y tras no pocas miradas mías que él nunca percibió, me enteré que como yo, leía todo lo que se le atravesara de ciencia ficción. Todo lo que se le atravesara de ciencia. Todo lo que se le atravesara de ficción, de prensa y demás cuestiones.
Una vez, incluso, lo pillé leyendo una edición blanca del Ulises de la biblioteca Confama de Girardota, que cualquier lector reconocería a distancia.
Otros días lo vi ayudando con las tareas de álgebra a los niños de
Luego me enteré de que también estaba disponible para ayudar con las tareas de inglés. Y que no solamente conocía el inglés, sino que había aprendido solo a leer el inglés isabelino para leer a Shakespeare.
No diré más de este hombre. Gracias al perverso dios de los libros, que lo envuelve a uno en mil azares, terminé siendo amigo de Rodrigo Valencia. Así se llamaba. En las 70’s estudió algunos semestres de psicología en
Luego se retiró de la universidad, convirtiéndose en un invisible personaje de las bibliotecas de Medellín, hasta que tuvo que venirse para Girardota, a cumplir con una especie de destino existencial.
Desde entonces, eso ya ha seis años, es uno de los pocos cerebros útiles del pueblo. Comenzó escribiendo cuentos para El Balcón y ahora traduce noticias científicas de la prensa y las revistas en inglés (veas Observatorio]).
No diré más de Rodrigo. No hablaré de sus cotidianos problemas ni de su visión del mundo. De eso se encargará él mismo en este blog.

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